¿QUIÉN DEMONIOS ESTÁ EN MI COCINA?

Eran casi las dos de la madrugada cuando volví a casa y vi que la luz de la cocina estaba encendida. Me quedé paralizado. Primero, porque era muy extraño que se me hubiera olvidado apagarla. Luego, por Endesa y la factura que me esperaba.
La luz no era lo único sorprendente. También me di cuenta de que no estaba solo. Desde la cocina se escuchaba un sonido difícil de describir. Extraño, húmedo, casi animal. Algo o alguien estaba comiendo. ¿Ratas? Imposible. En Ibiza nunca han habido ratas. Entonces, pensé en mi gato, Áyax.
En completo silencio, me deslicé y eché un tímido vistazo por la puerta. Sobre la encimera había una botella de vino y un tupper vacío. No, no podía ser Áyax. A esas horas, él siempre dormía.
Identifiqué donde provenía aquel ruido. De una pequeña despensa que tenía al fondo de la cocina, fuera de mi vista. Ahora, un poco más cerca, los sonidos se mezclaba con otros nuevos. Para que os hagáis una idea de lo que interpreté, diré que eran pequeños sonidos de satisfacción.
En ese momento, supe que era hora de hacer algo, fuera lo que fuese aquello. Recordé que siempre guardo un paraguas cerca de la entrada y que sería la única arma que tenía para defenderme. Bueno, y si no le hacía ningún tipo de daño, al menos intentaría hipnotizarlo girándolo como un molino de viento. Cualquier idea era válida en aquel momento.
De este modo, me aferré al paraguas y descargué los nervios entrando a la despensa con un chillido.
Entonces lo vi.
Era un hombre. Bastante alto. No me preguntéis el por qué, pero la mejor palabra que lo definía era extravagante. Nos quedamos unos segundos en silencio, observándonos fíjamente. Me vinieron a la cabeza muchas preguntas, caóticas y atropelladas como niños saliendo al recreo tras sonar la campana: ¿Qué hacía en mi casa? ¿Por qué vestía ropa de hace más de…? ¿dos siglos? Os juro que no os miento cuando digo que mi abuela, a su lado, es Rosalía. Y esa cara… ¿De qué me sonaba?
Pero había otra pregunta, más inquietante y perturbadora que todas las que me podía hacer en aquel momento:
¿El cabrón se estaba comiendo el flaó de mi madre?
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Próximamente pondremos cara al misterioso visitante que, sin pretenderlo, se convertiría en mi nuevo compañero de piso.
Humor, crítica social y mirada reflexiva a la Ibiza actual… de la mano de la vuelta de un célebre personaje de Ibiza del siglo XIX.